El próximo 4 de diciembre se cumplirán 145 años del nacimiento de Wassily Kandinsky, pintor y escritor ruso-alemán-francés, creador, por derecho propio, de la pintura abstracta, no sólo porque hizo la primera obra de este género, en lápiz, tinta china y acuarela sobre cartón, en 1910 —y que hoy se exhibe en Museo Nacional de Arte Moderno, en el Centro Georges Pompidou, en París, lugar que resguarda el fondo más amplio de la obra del pintor—, sino porque dotó de múltiples razones ese concepto que revolucionó el arte moderno.
Él provocó esa revolución, al lado de Mondrian, Malevich, Kupka y Delaunay, al encargar a todo pintor “rearmar” espiritualmente al ser humano, víctima del creciente materialismo de una época convulsa: “Bello es lo que deriva de una necesidad psíquica interior […] El color es la tecla. El ojo es el macillo. El alma es un piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que, con ésta o aquella tecla, hace vibrar el alma” (De lo espiritual en el arte, 1912).
Su obra constata ese principio que para él fue rector. Después de un primer periodo de creación, en la que asentó su dominio del paisaje postimpresionista —recuérdese el extraordinario óleo “El jinete azul”, de 1903—, Kandinsky supo conjugar su propio impulso romántico y espiritualista con el rigor analítico del abstraccionismo suprematista, derivado de su paso por la escuela de diseño, arte y arquitectura Bauhaus, que lo inscribe en la tradición estética de principios del siglo XX.
Además, la obra de Kandinsky se emparenta con la música. Es conocida su admiración por las composiciones del austriaco Arnold Schönberg (1874-1951), cuya música conoció en un concierto celebrado a principio de enero de 1911, y con quien trabó una larga amistad creativa, pues Schönberg también pintaba. Esa identificación produjo vertientes de inusitada originalidad en la obra de Kandinsky, alentó la incorporación del ritmo en su obra y las reminiscencias folclóricas y populares de su patria de nacimiento.
Se suele recordar poco a Kandinsky. En Madrid, España, el Museo del Prado abrió una muestra del acervo del Hermitage, que contiene algunas obras del pintor ruso, junto a otras obras maestras resguardadas por el museo de San Petersburgo. Sin embargo, el legado de Kandinsky sigue presente en los pintores de hoy, no sólo por la vitalidad de la pintura abstracta, sino por el principio que enarboló el ruso: “Cualquier creación artística es hija de su tiempo y, la mayoría de las veces, madre de nuestros propios sentimientos”.